Ave Maria,
gratia plena. Dios te salve María, llena eres de gracia.
Dominus
tecum, El Señor es contigo, benedicta tu in mulieribus, bendita tú eres entre todas las mujeres,
et benedictus fructus ventris tui Iesus. bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Sancta
Maria mater Dei, Santa María, madre de Dios,
ora pro
nobis peccatoribus, nunc, ruega por nosotros, pecadores, ahora,
et in hora
mortis nostrae. y en la hora de nuestra muerte. Amen. Amen.
Desde el regazo materno aprendimos a balbucear la más hermosa oración que podemos dirigir a la Virgen, es decir, la primera plegaria mariana. La hemos rezado miles y miles de veces. Lo seguimos haciendo, quizá a diario, al levantarnos y al acostarnos, en el Ángelus, en el Rosario, en las visitas a nuestra Patrona o imágenes de nuestra devoción, al emprender algún viaje o bien en algún trance difícil.
Sin
embargo, surgen algunas preguntas: ¿Hemos penetrado y saboreado esta admirable
oración, frase por frase, palabra por palabra? ¿Hemos valorado sus inagotables
tesoros? ¿Hemos aprendido sus lecciones sublimes? ¿Estimulamos y alimentamos
con ella nuestra vida cristiana?





